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OPINIÓN

Abracemos a los inmigrantes

Por Silvio Mora


Igual que el Papa Francisco, los hombres y mujeres del PARLACEN hicieron un llamado a la paz a favor de los miles de migrantes que con sus pies pisan tierra o pavimento huyendo de la guerra o falta de trabajo. Los parlacénicos llegaron tomados de la mano para celebrar la Reunión Anual en un gesto profundo o como muro de contención, y como verdaderos integracionistas.

 

Y, cuanta razón tiene el representante del Vaticano de que “estamos en guerra, pero no de religiones. Es la humanidad que se enfrenta a la misma humanidad”. Sin embargo, la paz comienza a cubrirnos: En Colombia se acabó la guerra de 52 años. La Habana y Washington tratan de mejorar sus relaciones, y en la crisis de Venezuela se trabaja duro e intensamente.

Orlando Tardencilla, Daniel Ortega Reyes, Julia Arabella, César Salazar Grande, Harold Rodas, Carolina Miranda y Jorge Peraza, entre otros oradores, llevaron el mensaje de abrazar al migrante, de saltar de satisfacción con ellos, de compartir lo poco que tenemos y desterrar la avaricia. “Debemos de ser alegres, pero recuerden, que la alegría no se compra en los mercados”, dijo un orador.

 

Tardencilla reconoció de la difícil circunstancia migratoria en America del Norte. El fin de los TPS. El clima general anti-inmigrante inyectado por el propio gobierno de Estados Unidos, que amenaza con un muro gigante para evitar la inmigración de centroamericanos y mexicanos. “Pero que todo muro por fuerte y alto se derrumba”, dejó sentado entre todos.

 

Dijo también que el PARLACEN desde su creación a lo largo de 25 años, ha dedicado más de 40 Decisiones de Asamblea Plenaria, entre resoluciones, declaraciones y otros instrumentos a la migración tanto intrarregional como extrarregional. ¿Será que Centroamérica ístmica e insular, en el campo de la migración intrarregional, podrá alcanzar –temprano o tarde- un modelo de movilidad de triple beneficio entre países de origen y países destino?, se preguntó Tardencilla.

 

 

 

¡Mande, patrón!

 

Por Aminta Buenaño

 

Hoy cumplirá 8 años tres meses cinco días y doce horas de trabajar en la residencia. Vino de chiquita, a los 15, cuando aún pajareaban sus ilusiones y tenía lleno de brisas el corazón. Se le fueron apagando una a una, cuando le dieron el uniforme, la consignaron al cuarto oscuro de la bodega y le dieron sus atribuciones junto con la llave de la puerta de servicio: que nunca se le ocurriera entrar por la principal. Y le prohibieron estudiar: -elige entre el trabajo o los estudios, la cercó su patrona, enojada de su audacia.

 

La casa era amplia y soleada, con una piscina redonda en donde se enredaban las piernas azules de los señores de la casa. ¡Lo que usted diga señora! ¡Mande, patrón! Y ella servía el jugo en las tardes y el whisky vidrioso en las mañanas a la señora que no sé por qué lloraba siempre. Ella se perdía limpiando esa casa enorme de grandes cristales y piso de mármol, recordaba la suya que apenas se sostenía de los vientos con unos enclenques maderos y también le entraban ganas de llorar, pero se aguantaba porque a los patrones no les gustaba ver caras tristes ni disgustadas. -¡Para eso te pago!-, le decía ella, cuando enfundada en su ropa de gimnasia se iba en su auto rojo deportivo, mientras se ponía unas gafas enormes que ocultaban morados nocturnos y celos callados.

Por eso ella siempre sonreía y soñaba que estudiaba para doctora inspirada entre los libros del joven, mientras sacudía el polvo de la biblioteca. Imaginaba que era una más de esas mujeres rubias de pieles atornasoladas que tomaban el fresco en la terraza entre vinos y bocados exquisitos, y charlaban y reían, y de vez en cuando se enojaban contra ese gobierno maldito que había decretado el sueldo básico y seguro social para las domésticas: “Como si todas fuéramos iguales”, gemían a coro. “Las peroles pata al suelo tienen los mismos derechos que la gente decente”, se horrorizaban. “El mundo está patas arriba” y se agarraban iracundas, indignadas, las cabezas, se persignaban y la miraban con cara de odio como si estuvieran frente a un funcionario.

 

Por eso ella cree -está convencida- que mañana será el último día en que se levantará a las cinco de la mañana, servirá el desayuno a los patrones, escuchará llorar a la señora, tirar la puerta a él, vestirse al joven que la desvirgó el año pasado con la complicidad de la madre que para consolarla le dio un sueldo extra; limpiará la casa, hará las compras, bañará al perro, servirá el almuerzo, lavará la ropa, planchará, preparará la cena y como a las 10:00 p.m. -si no ordenan otra cosa los patrones- se irá a la cama.

 

Será ese el último día, ya lo tiene bien pensado, porque lo que no va a tolerar más, quiera Dios no la coja desprevenida, es que el patrón con tragos encima, intente nuevamente acostarse con ella y ahora está segura, más que segura, que la patrona, al enterarse, pondrá el grito en el cielo y la correrá de casa. Y el abogado le ha asegurado que tendrán que liquidarla e indemnizarla y con esa plata irá al colegio, estudiará para ser una mujer de provecho, como soñaba su madre.

 

 

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