Inserto aquí el introito al Prólogo -que yo mismo redacté-que dije en la presentación del libro "Managua en el Corazón" de Mario Fulvio Espinoza, celebrada en el local de la Alianza Francesa el pasado 11 de junio:
INTRODUCCION A UN PROLOGO SOBRE LA NOSTALGIA
En este bendito país, que de manera permanente vive convulsionado y en crisis por tantas razones y motivos, quizás como en ninguna otra latitud latinoamericana, a un escritor le sobran temas para escribir un libro, o muchos libros.
Aquí los temas para propósitos literarios o sociológicos se encuentran a la vuelta de la esquina, porque andan o flor de piel, flotando airosos en el ambiente.
Con la facultad intelectual y la cultura necesaria, el periodista, amigo y escritor, Mario Fulvio Espinoza, hubiese podido con éxito literario escoger no uno sino varios temas para radiografiar desde distintas vertientes, a una Nicaragua que después de 187 años de vida independiente no termina encontrarse así misma, porque la dirigencia de su clase política ha transitado por tanto tiempo entre la torpeza, el autoritarismo, la desvergüenza y la corrupción, llenando de bochorno, humillación y abandono social a muchas generaciones.
Sin embargo, con una decisión que lejos de situarlo en la indiferencia más bien lo enaltece, Mario Fulvio ha escrito tres libros -con éste que ahora nos presenta-dedicados amorosamente a esta Managua inacabable que nos vio nacer y que con seguridad nos verá morir, a él, a mí, y a muchísimos más que en esta ciudad dejaron el ombligo.
En ese sentido, pese a que unos pocos más han escrito sobre Managua, por el amor, por la prolijidad y por la devoción que ha puesto en cada libro, creo sin lugar a ninguna duda que Mario es el heredero legítimo del cronista por excelencia de la vieja Managua, Don Gratus Halftermeyer, a quien en su momento se le conoció a mediados del siglo XX como el Príncipe de los historiadores de nuestra antigua capital.
Tal es el título que hoy conferimos a Mario Fulvio, porque en estos tiempos ásperos, en que el hambre y el desamparo social azotan a casi la mitad de nuestra población, en donde por eso mismo, el interés por el arte y la cultura continúa siendo mínimamente editario, este excepcional Mario Fulvio ha luchado, como el Quijote, contra esos feroces molinos de viento, y hoy nos entrega su tercer libro sobre la vieja Managua, sin importarle para nada que, al igual que los otros dos, no le deje más ganancia que la del espíritu.
No puedo callar, por lo demás, el hecho cordial y fraterno que en esas tres veces, me ha hecho el marcado honor de escogerme para presentar a sus notables hijos espirituales.
Y es que este autor, desde joven, ha tenido una larga cita con la nostalgia. Nostalgia por una ciudad en cuyo regazo transcurrieron nuestro devenir personal, nuestras aspiraciones, nuestros amores, nuestras alegrías y amarguras, cuya existencia física se perdió en la memoria de las generaciones posteriores a Diciembre de 1972, por la simple razón de no haberla conocido, pero que anidará para siempre en nuestras saudades.
Volviendo a lo nuestro, cómo olvidar los bailongos donde Miranda o en los Balcanes, donde nuestras improvisadas parejas eran los pichelitos de la época.
Cómo y cuando se nos escaparán de la memoria cantinas tan entrañables como Panchito Melodía, el Petit Café, el Gambrinus, el Evertz y su anexo, el Chele Irías, la mamá Sara, Cachecho, y toda esa legendaria línea caliente que comenzaba en el Mamón y terminaba en la Escuela de Artes.
En todo eso, somos, hemos sido y continuaremos siendo, compañeros gratificados de Mario Fulvio, pues en esos restaurantes y modestas cantinas dejamos girones de nuestra vida, cuyos ecos todavía resuenan en nuestros oídos, con esas canciones cortapulsos que gozosos escuchábamos en las irreemplazables rokonolas, que en su estupendo libro "La Vela de los sueños" recuerda tan vivamente el doctor y escritor Edwin Illescas Salinas.
Del autor de este libro hay que decir, además, que si se ha apartado un tanto del oficio diario del periodismo, ha tomado la pluma para escribir ya tres libros en torno a las cosas entrañables de una ciudad que deben conservarse e históricamente consignarse, y que lo ha hecho con una gran humildad, sin los ruidos y los oropeles de la publicidad, como un hijo que cumple a cabalidad la tarea que le encargó su madre tierra.
Esta prenda espiritual de Mario Fulvio es digna de destacarse, no sólo porque rescata para la supervivencia lo mejor de una ciudad que se adueñó de nuestros corazones, sino especialmente porque desde hace algunas décadas ha empezado a dominar aquí, como dice Miguel de Unamuno, el reino de la literatocracia, donde los literatos al uso se meten a periodistas, a políticos y hasta a sabios.
Y es que Mario, como decía también el gran Rector de Salamanca, al lado del Sancho espiritual, del fiel escudero que siguió a un loco siendo él cuerdo, se propuso en buena hora librar una empeñosa batalla literaria para evitar que los hijos de esta parcela centroamericana ignoremos, y peor aún, olvidemos, nuestro paisaje y la vida toda de nuestro pueblo, porque al fin y al cabo nuestra Managua es parte vital de nuestra Nicaragua, incluso para sus beneméritos hijos adoptivos.
Como las modas y modos del mundo que surge al capitular los años setentas, los nicas hemos ido soterrando en el hondón de la historia nuestras virtudes, nuestros idealismos, nuestras ansias de una verdadera cultura, y al mismo tiempo hemos hecho todo lo posible por cretinizarnos, por ser calcos y copias de subculturas extranjeras en el plano de la política, donde cuatro farándulas y pelmazos hacen con nosotros intereses más vitales, lo que les da la gana. Y todo eso, porque dejamos de ser seres racionales para convertirnos en meros espectadores patéticos de nuestra patria desgracia.
Y es que en el camino de nuestra insensatez y de nuestra miopía, se nos perdió el sentimiento de Nación, de patria grande, de Nación histórica, por lo que es perentorio y urgente que nos despertemos del letargo, y que así como los que aquí nacimos amamos en detalles los recuerdos imperecederos de nuestra querida vieja Managua, de la misma manera nos sacudamos una indiferencia que ya nos parece criminal contra nosotros mismos, y que recuperemos el coraje, la audacia y la valentía, para que Nicaragua se levante de la postración en la que nosotros mismos la hemos colocado.
Por otro lado, estoy seguro, y lo digo con entera certeza, que Mario Fulvio Espinoza, desoyendo los ruegos lacrimosos de la sobrina, de esa sobrina adocenada que con el cura y el barbero quemaron los libros de Don Quijote, que es como quemar los recuerdos, emprenderá una nueva salida por las tierras ardientes de Castilla, y que más temprano que tarde habrá de iluminar nuevamente nuestra nostalgia, contándonos nuevas historias y nuevas aventuras de una Managua que jamás olvidaremos.