Miércoles 13 de Agosto del 2008 Edición No. 4340 ---  Managua, Nicaragua ANTERIORES/ CORREO/ REGRESAR
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por Manuel Eugarrios

LA ERUDICION DE MANUEL, ESCRITOR Y AMIGO

Hará cosa de diez años o un poquito menos tuve el agrado de conocer, seguramente en alguna reunión o tertulia que tenía que ver con el intelecto, a quien hoy me honra con su amistad, y responde al nombre de Manuel Aragón Buitrago.

Desde que trabamos una amistad muy fraterna pero intermitente, como es la que infortunadamente sólo se puede cultivar cuando los protagonistas están en la línea de la tercera edad o más allá, y son además pobres, tuve plena conciencia y me dolió haber conocido tan tarde a un ser humano de su clase, no sólo por su grata personalidad sino por los intereses que nos son comunes, entre ellos el bello vicio de la lectura, aunque felizmente a él se le concedió lo que a mí me fue negado: el prodigio de la creación literaria.

Me enorgullece esta entrañable relación con Manuel Aragón, no solamente porque me cuento entre sus verdaderos amigos, sino porque a mi modesto juicio es uno de los escritores de mayor erudición en Nicaragua, y de ahí que aun sin conocerle físicamente, disfruté leyendo sus artículos de combate en el Nuevo Diario por casi veinte años.

Cierro esta breve introducción con la que precede a una entrevista suya que aparece en el último libro del hermano Mario Fulvio Espinoza, Managua en el Corazón.

“Entró a la vida por el sendero que le señalaron sus sentimientos juveniles y de esa manera fue apreciando valores que siento muy suyos nunca creyó poseer. Fue miembro de la Guardia Nacional como radiotelegrafista, marinero, conspirador, legionario caribeño, místico de izquierda y revolucionario crítico. Su personalidad es un mágico kaleidoscopio en el que sobresalen los cristales del humanismo, la ternura y el asombro por el “dulce misterio de la vida”.

Seguidamente inserto un cuento de MAB escrito el 9/7/03

DON TIN

Erase la Jalapa que conocí, allá por 1947, un pueblecito cuya principal virtud era la tranquilidad. Sus autóctonos pobladores eran entre otros: los Córdoba, los Sanabria, los Andara, los Irías, los Paguagua, los Sosa y las Vallecillo. Su paz bucólica arrastraba a mi memoria el recuerdo de “MISERIA”, cuento de Ricardo Güiraldes perdido entre las pictóricas estampas pampeanas de DON SEGUNDO SOMBRA, cuando en el pueblo en donde vivía Miseria imperaba Celica Paz, debido a que el pícaro herrero Miseria tenía prisioneros a todos los diablos. Las palabrotas eran mercancías escasas en el poblado, y a las seis de la tarde, todas las puertas se cerraban, y solo se dejaba escuchar un apacible murmullo, que cual hálito de santidad, flotaba umbroso en el sosegado ambiente. Era la hora de la oración, la hora del Angelus, en la Jalapa beatífica en donde aun no se conocía la maldad. En las calles los borricos asombrándose con las sombras de las casas disfrutaban soñolientos su inactividad laboral.

En esos pueblos de Dios, dispersos y enclavados por aquí y por allá entre perfumadas coníferas en la geografía de Nueva Segovia, campeaba en ese entonces por su ausencia la delincuencia.

Se acostumbraba, por orden militar, encender por las noches en cada esquina, una hoguera alimentada con madera de pino –ocote—, en torno a las cuales se llevaban a cabo todas las noches, eso que el humanista de Rótterdam, Erasmo, llama “condimento tan importante de la vida”: la terturlia.

Acuclillados, y previamente proveídos de buena cantidad del combustible/leña, departíamos gauchescamente alrededor del fogón en almibaradas conversaciones, y cuando a algún contertuliano se le caí algo en la oscuridad, solicitaba la ayuda de un compañero diciéndole en español antiguo: “alúzame aquí”. Vestigios coloniales!

En un rinconcito del pueblo, vivía con sus dos hijas, un viejecito de pequeña humanidad, negrito como el carbón, y cuyos pies jamás conocieron el calzado, pues caites para que te quiero. Sus piezunos dedos eran encogidos a fuer de andar capeando las piedrecillas del camino.

Nunca supe su apellido, pero en el pueblo todos le llamaban Don Tín.

El ancianito era graciosamente hipócrita. Iba donde el barbero del pueblo, y después del servicio recibido, le preguntaba: “cuánto le debo, amigo?”, dos córdobas, respondía el fígaro. “Amigo, —argumentaba Don Tín—, usted está cobrando muy barato, usted merece estar en Managua, no en este pobre pueblo, es usted muy buen barbero”.

De regreso en casa, le preguntaban las hijas: “en dónde andabas, papá?” Donde ese majadero del barbero que sólo ronda saber hacer”, respondía Don Tín.

Llegaba nuestro personaje a su casa, encontraba a unos muchachos aporreando los palos de naranjas y chupe que chupe con juvenil fruición, y el pícaro viejito les decía socarronamente: “chupen naranjas mis muchachitos, chupen naranjas!, como si estuvieran en su casa”.

Se iba la muchachada – “Adiós Don Tín, muchas gracias. “Por nada, —contestaba Don Tín—los esperamos de nuevo, ya saben, estos palos de naranjas son de ustedes”.

Espaldas vueltas, las tapas sueltas. “Hijas, vieron qué hijos de la gran pu…!, si casi se acaban los palos de naranjas”.

Don Tín trabajaba en un trapiche. Cierto día se apareció a mi oficina llevándome de regalo un alfeñique, y muy protocolario me expresó: “Don Manuelito, aquí le traigo este humilde regalito, usted se lo merece, usted es una gran persona”. “Muchas gracias Don Tín”, le dije, y cuando dio la vuelta, le quedé viendo cómo se alejaban con su andadito de pijul, y entrelazando mi dedo índice de la mano derecha con el medio, musité como en una oración: “Por si acaso: me agacho, contra, barajo”.

Conclusión: Don Tín puede estar en el compañero de trabajo, en el vecino, en el “amigo” que te da la mano o te estrecha en un fuerte abrazo. Casi siempre podemos tener un Don Tín a nuestro lado.

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