MANUEL DIAZ Y SOTELO, PERIODISTA Y PATRIOTA
DE CUERPO Y ALMA
Primera Parte
Este 7 de agosto se cumplen 49 años de haber sido asesinado por la guardia somocista el joven periodista boaqueño Manuel Díaz y Sotelo, el hombre de prensa más relevante en la batalla contra la dictadura dinástica que se instauró en el país después de haber sido ajusticiado por Rigoberto López Pérez el dictador Anastasio Somoza García en septiembre de 1956.
Dos años antes, Díaz y Sotelo había llegado a Managua, estableciendo una columna diaria en el periódico FLECHA a la que tituló “Trinchera” y un espacio radial de comentarios nacionales e internacionales en la emisora “La Voz de la América Central”. Tendría entonces 22 ó 23 años de edad. A manera de tarjeta de presentación traía su libro “Lumen” en el que incluyó un magnífico ensayo crítico sobre el Tratado Chamorro-Bryan por el cual el jefe conservador había entregado prácticamente la soberanía de Nicaragua a los Estados Unidos en 1914.
Era un muchacho austero, modesto, que ni fumaba ni tomaba licor alguno. Limitaba su vida a estudiar la Historia de Nicaragua y el comportamiento de las clases políticas y económicas del país, el ingerencismo norteamericano y sus efectos en la vida nacional a través del cual se explicaba y explicaba a sus lectores y radioyentes el surgimiento de la dictadura de Somoza y su ya para entonces larga permanencia en el poder, que decía jamás hubiera podido existir de no haber sido por el apoyo yanqui y la degradación patriótica de algunos de los actores políticos de la época.
Aquí se matriculó en el Instituto Francisco Huezo para terminar sus estudios de bachillerato y uno de sus compañeros de esos años fue el colega Mario Fulvio Espinoza.Los jefes militares apostados en Boaco lo habían reportado a sus superiores de la Oficina de Seguridad político-policial de esta ciudad como “un enemigo peligroso de la familia Somoza”. Y con base en ese informe al producirse el ajusticiamiento del dictador, fue capturado y confinado a un lejano poblado de Las Segovias donde permaneció hasta que los dinastas levantaron el Estado de Sitio impuesto la misma noche del 21 de septiembre de 1956, que perduró hasta el 31 de diciembre de 1957.
Este último año Díaz y Sotelo reanudó su columna periodística en FLECHA y su espacio de comentarios en la radio. Con el propósito de tratar de proyectar o encubrir las prácticas dictatoriales de su padre, Luís Somoza Debayle dejó sin vigencia las Leyes represivas contra la Libertad de Prensa en los primeros días de su administración, después de la farsa electoral que lo eligió Presidente constitucional. Pero meses después hizo que el sumiso Congreso Nacional integrado por liberales y conservadores somocistas decretaron el Código Negro, con medidas aún más represivas que las anteriores. También estableció una Conferencia de Prensa presidencial que se celebraba semanalmente.
El director de FLECHA designó a Díaz y Sotelo para darle cobertura a esas conferencias. Solo unas semanas después el dinasta exigió al periódico el retiro de su periodista por considerarlo, dijo, un “elemento peligroso”, capaz de atentar contra su vida en la propia Casa Presidencial. Y Manuel dejó de asistir a las Conferencias de Prensas: pero continúo con su columna Trinchera y sus comentarios radiales.
Pasarían varios años para darnos cuenta el por qué del temor de Luís Somoza. Según una versión confidencial de la Policía política del dinasta, Manuel Díaz y Sotelo había firmado con el poeta López Pérez un acuerdo de honor mediante el cual si el poeta leonés fallaba en el propósito de ajusticiar al viejo Somoza, el poeta boaqueño se haría cargo de la ejecución.
Semanas después del retiro de las conferencias presidenciales, un pelotón de esbirros de la GN capturó a Manuel en la emisora. Desde el momento mismo de la captura empezaron a darle puntapiés y golpes en la cara hasta hacerlo sangrar. Lo metieron a un vehículo y lo llevaron a las mazmorras ubicadas en la propia Casa Presidencial. Durante diez días y diez noches fue sometido a inimaginables torturas, incluidas la extracción de las uñas de las manos y los pies con burdos alicates, así como la introducción de su cabeza en un barril de agua previamente encalada que le quemó las pestañas y las cejas y limitó su capacidad visual. Algunas noches lo amarraban de los testículos, zarandeaban su cuerpo cual si fuera una piñata y lo dejaban caer en el barril de agua encalada.
Desde el primer momento de su captura, todos los miembros del Sindicato de Periodistas de Managua que se había fundado en 1957, asumieron primero la denuncia del atropello y luego su defensa y la exigencia de que se castigara a los culpables de las torturas.